Entrar en la Corte el pasado domingo era como entrar en nuestra casa. Si abrías la puerta enseguida comprobabas que a la izquierda, donde siempre, no estaba. Era necesario dirigir los pasos hacia la cabecera del templo, avanzar por ese pasillo de piedra y notar como tu mirada se iba concentrando en un punto fijo que impedía dejar de mirarlo.
Allí estaba, en silencio, pero presente y esperándonos, Nuestra Madre. Sabía que iba a recibir nuestra visita, ahora que acababa su mes por excelencia. Se puso aún más guapa que de costumbre, parecía una reina, estrenando para la ocasión ese dosel de damasco y oro, flores blancas y cirios encendidos que completaban una estampa de lo más acertada por su finura y elegancia.
A los sones de nuestra banda de cornetas y tambores, a quererla fuimos todos, y con un simple clavel blanco y una mirada clavada en la suya la hicimos feliz, hermanos.

