Acabados ya los días de pasión y dolor, secas ya la sangre del martirio y las lágrmas del desconsuelo, una luz irrumpe en la fría roca del sepulcro penetrando en todos nuestros corazones.
Es Pascua de Resurrección. Cristo ha vencido a la muerte coronado de gloria eterna. Su madre dolorosa, la misma que recorrió tras Él los pasos del Calvario, con el puñal clavado aún en el pecho, se reviste de esa gloria y estrena este manto de damasco blanco haciéndonos partícipes, mejor que nadie, de la alegría del tiempo pascual. El día venció a la noche, la luz del blanco a la oscuridad del terciopelo morado.
Hermosa y radiante, muchos dicen que más guapa que nunca, recoge todas las alegrías y deseos de todos esos hijos que, al mirarla, suplican un hueco bajo su manto.

